jueves, 26 de julio de 2012

Tampoco pido tanto

Repite conmigo: se feliz, se feliz
¿Qué es lo que te lo impide? ¿Qué fuerza está haciendo que no puedas dibujar en tu rostro una sonrisa? ¿Qué es lo que falla? Algo está mal, lo sabes. ¿Qué haces que no estás haciendo nada? Venga, 1,2,3 ¡cambia todo!
Abre los ojos, deja a un lado aquella cosas que te atormentan, no quieras estar siempre ahí abajo.
Sueña. Levántate por la mañana abre la ventana y grita: ¡Gracias mundo por hacer que abra los ojos cada día!
Todo esto lo se. Se que apreciando los pequeños detalles sería más fácil ser feliz. Y entonces, si se lo que hay que hacer, ¿se puede saber por qué no lo hago?
Si se que comerme una barra entera de pan me produce felicidad, ¿por qué no me la como?
Quizá mi problema sea ese. No ser capaz de hacer las cosas porque sí. Pensar siempre en el instante de después y darme cuenta entonces que me me saldrá tripa y que no me va a quedar de bien el bikini. Entonces, ¿tengo que vivir esclavizada por miedo al mañana? Y lo que es peor, ¿estoy dando a entender que mi felicidad se basa en hacer las cosas sin pensar, tal y como me vengan a la cabeza? Creo entonces que soy un poco infantil, inmadura y caprichosa. Pero, no pido tanto, si además, más que mi propia felicidad, lo que verdaderamente me haría alcanzar esa plenitud sería que unas personas que son mi vida fueran felices. Sería capaz de renunciar a cualquier cosa con tal de que ellas no sufrieran, verlas sonreír cada día y que las únicas lágrimas que pudiesen derramar fueran de alegría

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