jueves, 27 de septiembre de 2012


Muchas veces nos acostumbramos a ver una monótona realidad, pequeños detalles inapreciables que de tan repetitivos pasan muchas veces desapercibidos. ¿Quién se ha parado a observar alguna vez como es la lavadora de tu casa? Sólo cuando un día se rompe y en su lugar encuentras otra mucho más blanca y menos ruidosa caes en el recuerdo de que la anterior no era así. Es igual que esta mañana cuando saliste disparada de casa hacia el insti porque no tenías tiempo que perder y cuando llegaste te encuentras tu cama perfectamente hecha,  las cortinas adornadas con las primaverales flores que tanto te gustan y que tu madre a colocado con paciencia y esmero. Esa misma persona, que es la que más te quiere y te querrá en el mundo, esta mañana te hizo un zumo de naranja con la pulpa para que no te pierdas ni una sola vitamina, y también te dejó al lado la sandwichera enchufada para que hicieras tus tostadas, pero que luego tú  no utilizaste porque viste más conveniente comerte dos rápidas barritas energética. Mientras estás acabándote de arreglar, ella baja primero al garaje, para coger el coche y recogerte justo en la puerta de casa, para que no tengas que andar mucho. Y por supuesto es la primera que está a la salida enfrente de la puerta del insti para regresar a casa y preguntarte detalladamente qué tal te ha ido el día. Al llegar a casa, puedes observar que está todo perfectamente hecho, sacando tiempo de donde no lo tiene, y además  descubres que entre sus compras hay un vestido para ti, lo  había visto en la tienda y su máxima ilusión era vértelo a ti puesto, a su hija.

Todo esto que he escrito puede que os sugiera una contradicción en mi pensamiento. Os he dicho que muchas veces no nos fijamos en los pequeños detalles pero… parece ser que en realidad sí. Son pequeños grandes detalles que cada día ocurren, ocurren y ella hace que ocurran, ella, porque ella es la más grande, la más buena, la más mejor. Te quiero mamá. Gracias por TODO.

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