Muchas veces nos
acostumbramos a ver una monótona realidad, pequeños detalles inapreciables que
de tan repetitivos pasan muchas veces desapercibidos. ¿Quién se ha parado a
observar alguna vez como es la lavadora de tu casa? Sólo cuando un día se rompe
y en su lugar encuentras otra mucho más blanca y menos ruidosa caes en el
recuerdo de que la anterior no era así. Es igual que esta mañana cuando saliste
disparada de casa hacia el insti porque no tenías tiempo que perder y cuando llegaste
te encuentras tu cama perfectamente hecha, las cortinas adornadas con las primaverales
flores que tanto te gustan y que tu madre a colocado con paciencia y esmero.
Esa misma persona, que es la que más te quiere y te querrá en el mundo, esta mañana
te hizo un zumo de naranja con la pulpa para que no te pierdas ni una sola
vitamina, y también te dejó al lado la sandwichera enchufada para que hicieras
tus tostadas, pero que luego tú no
utilizaste porque viste más conveniente comerte dos rápidas barritas
energética. Mientras estás acabándote de arreglar, ella baja primero al garaje,
para coger el coche y recogerte justo en la puerta de casa, para que no tengas
que andar mucho. Y por supuesto es la primera que está a la salida enfrente de
la puerta del insti para regresar a casa y preguntarte detalladamente qué tal te
ha ido el día. Al llegar a casa, puedes observar que está todo perfectamente
hecho, sacando tiempo de donde no lo tiene, y además descubres que entre sus compras hay un vestido
para ti, lo había visto en la tienda y
su máxima ilusión era vértelo a ti puesto, a su hija.
Todo esto que he
escrito puede que os sugiera una contradicción en mi pensamiento. Os he dicho
que muchas veces no nos fijamos en los pequeños detalles pero… parece ser que
en realidad sí. Son pequeños grandes detalles que cada día ocurren, ocurren y
ella hace que ocurran, ella, porque ella es la más grande, la más buena, la más
mejor. Te quiero mamá. Gracias por TODO.
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